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Adriana Milena Vargas Rueda1 Lina del Carmen Ortiz Pérez2.
1Médica psiquiatra, Universidad Militar Nueva Granada. Psiquiatra de Enlace, Pontificia Universidad Javeriana.
2Médica psiquiatra, Universidad Juan N. Corpas. Psiquiatra de Enlace, Pontificia Universidad Javeriana.
Las quemaduras representan una de las patologías más frecuentes, graves e incapacitantes. Son diversos los factores que se tienen en cuenta a la hora de realizar una evaluación clínica de estos pacientes y por ello esta evaluación es prioritaria para los casos de grandes quemados, que requieren atención multidisciplinaria, rápida y coordinada desde su ingreso, con el objetivo de estabilizar el paciente y disminuir las posibilidades de morbimortalidad (1-3).
El dolor por quemaduras es el más intenso de todos; de ahí que su control sea uno de los objetivos principales, ya que su pobre control genera complicaciones en la esfera mental, como delírium, trastornos depresivos, trastorno de estrés postraumático e ideación suicida (1-4).
En los pacientes quemados, el adecuado manejo del dolor y su control efectivo son extremadamente importantes, ya que además de evitar el sufrimiento, disminuyen la tasa de complicaciones, atenúan la respuesta al estrés y facilitan la movilización y la manipulación (4). Son escasos los estudios y resultados sobre el dolor en el paciente quemado (4). Numerosos autores recogen una amplia subestimación y un tratamiento deficiente de este tipo de dolor (4). Entre un 35% y un 50% de los pacientes refieren que hubo un tratamiento inadecuado de su dolor, y la mayoría describe el dolor durante las curaciones como de gran intensidad (4-6).

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