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Hernán G. Rincón-Hoyos, M.D., MSP
En reciente publicación, los doctores Glassman y Bigger, de la Universidad de Columbia, describieron que “La severidad del trastorno depresivo mayor (TDM) medida dentro de las primeras semanas de hospitalización por síndrome coronario agudo (SCA) o la falla en mejorar del TDM en los seis meses posteriores a un SCA predijeron más del doble de la mortalidad en 6,7 años de seguimiento” (véase referencia y resumen en la sección Revista de Revistas).
Nunca había quedado tan claro, desde el punto de vista científico, lo que es una verdad de Perogrullo para la comunidad general: que la depresión asociada con un infarto pone a la persona en un mayor riesgo de muerte. Además, los autores destacan los hallazgos de otros investigadores acerca de que la depresión y el infarto pueden estar relacionados en doble vía por medio de los fenómenos inflamatorios propios de cada síndrome. Es decir, estarían relacionados causalmente en ambos sentidos: la depresión predispone al infarto y viceversa; por lo tanto, se llegaría al mismo punto de comorbilidad, por las dos vías.

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