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Psiquiatría
Volumen XXXVI, Nº 4 Diciembre de 2007
• Rose Marie Gleiser
• La responsabilidad social del conocimiento en psiquiatría

Índice de la revista
1. Portada
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2- Editorial
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3- Artículos Originales
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4- Artículos de Revisión
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5- Epistemología
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6- Metodología
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7- Reporte de caso
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Portada Número 3
  Rose Marie Gleiser: pelos y señales


Parece como si en todo dibujo hubiese algo de intemporal, algo que se sustrae al devenir lineal del curso histórico. Tal vez por eso el dibujo resulta tan idóneo para la tematización del cuerpo humano. Es verdad que su experiencia se ha venido modifi cando de una manera drástica, pero en todo caso se han mantenido ciertas constantes de orden biológico y antropológico, ciertas perplejidades relativas al hecho de que el ser humano nunca es cuerpo, como los restantes animales, sino que lo tiene o, si se quiere ver así, lo habita desde el extrañamiento y desde la conciencia de su vulnerabilidad.

Son ambos aspectos —concepto del dibujo y problematización del cuerpo— los que confl uyen en la obra de Rosemarie Gleiser. En cuanto al dibujo, debe recordarse que la artista lo entiende como una práctica autónoma, en absoluto subordinada a instancias externas, como la pintura. Lo entiende, además, como un muy concreto campo de trabajo de sesgo básicamente exploratorio, un ámbito donde poner en juego —y, por tanto, a prueba— los más diferentes procesos, materiales y soportes. Un comentario aparte merece el conjunto de sus trabajos realizados con pelo humano. La operación puede ser fácilmente interpretada como el cierre de un círculo: una inserción literal del cuerpo en el dibujo y del dibujo en el cuerpo. En realidad, dibujar con pelo no tiene en sí mismo nada de nuevo: lo nuevo es hacerlo con pelos, pero sin juntarlos en un pincel, sino inscribiendo los cabellos mismos en la superfi cie a manera de trazos. Si la idea de dibujar con pelos humanos en forma directa, nos puede llevar a pensar en el reciclaje de los desperdicios orgánicos, la de hacerlo indirectamente nos hace pensar en el escrutinio de la piel y, si se quiere, en el dibujo como tatuaje.

En realidad, todos sabemos que los pelos humanos no son sino una excrecencia antigua y objetivamente prescindible, por obsoleta. El humano es el único mamífero que ha perdido el pelo del cuerpo y lo ha sustituido, primero, por pieles de otros animales, luego por vestidos tejidos con hilo vegetal, y más tarde, en nuestros días, con sofi sticados materiales sintéticos.De modo que los pelos, y en particular los cabellos, se han convertido en un mero resto incluso cuando se mantienen vivos y con sus raíces bien insertas bajo nuestra piel. Por eso convertirlos en dibujo, o en dibujo sobre la piel (o hasta en peinado-escultura) tiene algo de simbólico, en la medida en que implica reconvertir en elemento del arte —o en signo— algo que, justamente como el arte mismo, apenas nos hace falta para sobrevivir en carne y hueso. El arte del pelo es arte del cuerpo, y no necesariamente en el contexto de la peluquería, donde tantos pelos se desperdician.

Rose Marie Gleiser trabaja el arte del dibujo, algo que, dadas las circunstancias, tiene bastante de elección muy meditada, de opción por una cierta manera de entender lo que aún vale la pena hacer en el mundo de las artes visuales, aunque sólo sea porque se trata de algo que, de no ser cultivado con la atención debida, podría llegar a desaparecer para siempre.

Algunos dibujantes del presente recuerdan un poco a aquella docena de anónimos hombres justos que vivirían sin dejarse ver y que, según la leyenda talmúdica, tienen que estar ahí, en el mundo, a fi n de impedir que el buen Dios, hastiado ya de tanta miseria moral, lo destruya de una vez por todas. Así como la mera existencia de esos pocos hombres ocultos serviría para salvar a la humanidad entera, tal vez los dibujantes estén ahí —mientras otros se dedican a la práctica de vagos y espurios fi losofemas ocasionalmente neotecnológicos— para salvar el arte como una tradición siempre actualizada, pero siempre fi el, de uno u otro modo, a una idea antiquísima cuyas determinaciones precisas (digámoslo así) seguimos sin conocer.

Entretanto, vale la pena trabajar sin sobrecargas teoréticas, trabajar sin dejarse perturbar demasiado por el tiempo histórico y sin, por ello, olvidarlo; trabajar concentradamente en asuntos concretos, en la paciente resolución de ciertos problemas técnicos, en la expresión de algo más que meros conceptos, en experiencias que pueden ser inefables, pero no por místicas o mistifi cadas, sino porque, al haber sido determinadas por la tarea del dibujo, no pueden formularse sino en forma de dibujo. Cuando éste nos remite al cuerpo, adonde nos conduce es a la vida del ser humano, a sus inagotables aspectos, que siguen mereciéndose que alguien los articule como dibujo. Y hasta, por qué no, en forma de dibujo peludo.

Vicente Jarque
Cuenca

En realidad, todos sabemos que los pelos humanos no son sino una
excrecencia antigua y objetivamente prescindible, por obsoleta. El humano es el único mamífero que ha perdido el pelo del cuerpo y lo ha sustituido, primero, por pieles de otros animales, luego por vestidos tejidos con hilo vegetal, y más tarde, en nuestros días, con sofi sticados materiales sintéticos.


 

 

 

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